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Plática poblano: mientras yo te gano

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Nacho Juárez

En el PAN poblano no hay crisis interna. Hay método. Hay escuela. Hay tradición. Y, sobre todo, hay una regla no escrita que todos conocen, aunque nadie la ponga en sus documentos básicos: plática poblano, mientras yo te gano.

Porque eso fue exactamente lo que ocurrió con la coordinación de la bancada panista en el Congreso del Estado. Mientras Mario Riestra tomaba unas respetuosas vacaciones mundialistas —porque también hay que descansar de tanto reconstruir al partido desde el discurso—, el grupo del Yunque aprovechó la ausencia para seguir pataleando, operar en corto y mover las piezas sin demasiado pudor.

Nada nuevo, en realidad. Sólo otro capítulo de esa vieja serie panista donde todos hablan de institucionalidad, democracia interna, respeto a la ley y vida orgánica, hasta que llega el momento de aplicar las reglas. Ahí, curiosamente, siempre aparece una interpretación distinta. Una muy flexible. Una muy conveniente. Una muy poblana.

El punto de fondo es sencillo. La ley del Congreso señala que los grupos legislativos pueden designar a su coordinador con la mayoría de sus integrantes. Pero la norma estatutaria del PAN establece que el coordinador de la bancada debe ser nombrado por el presidente del partido, previa consulta con los diputados.

La lógica política congruente sería elemental: primero se construye consenso interno en la bancada, después el presidente del partido formaliza el nombramiento y finalmente se comunica al órgano de gobierno del Congreso. Partido, grupo parlamentario e institución caminando en la misma ruta. Muy bonito. Muy democrático. Muy de manual.

Lástima que en el PAN poblano los manuales sirven más para decorar oficinas que para ordenar conductas.

La historia ya dio varias clases particulares sobre este tema. Una de las más claras ocurrió cuando la dirigencia estatal panista intentó cambiar a Jorge Aguilar Chedraui como coordinador de la bancada para colocar a Pablo Montiel. En ese momento, Rafael Micalco presidía el PAN y la dirigencia quiso aplicar el estatuto para imponer su decisión.

Pero no pudo.

La mayoría de los diputados panistas cerró filas con Jorge Aguilar Chedraui y lo mantuvo como coordinador, pese a la intentona de la dirigencia de usar la norma interna para colocar a Pablo Montiel. Ahí, de pronto, los mismos que suelen pedir respeto a la vida interna del partido descubrieron que la mayoría legislativa también podía servir. Qué casualidad. Qué hallazgo jurídico tan oportuno.

La explicación política era obvia: no había entendimiento entre Rafael Micalco y el morenovallismo. El rompimiento estaba servido, y la bancada terminó imponiéndose a la dirigencia estatal. Es decir, cuando el estatuto no alcanzó para doblar a los diputados, los diputados se encargaron de doblar al estatuto.

Muy legalistas hacia afuera. Muy prácticos hacia adentro.

Años después, la película volvió a proyectarse, aunque con otros actores y el mismo libreto. Cuando Rafael Micalco llegó a la coordinación de la bancada panista en el Congreso, la dirigencia estatal, encabezada por Augusta Díaz de Rivera, tenía otra apuesta: Osvaldo Jiménez.

Pero otra vez no se pudo.

La mayoría de los diputados decidió por Rafael Micalco, no por el perfil que impulsaba la dirigencia. El grupo parlamentario volvió a imponerse al partido. El estatuto volvió a quedar en calidad de recomendación moral. Y la dirigencia, como suele pasar en esos casos, terminó descubriendo que una cosa es presidir el PAN y otra muy distinta es mandar en una bancada donde los votos ya están contados.

De nuevo: plática poblano, mientras yo te gano.

Hoy la historia se repite con la misma naturalidad con la que el PAN poblano recicla pleitos, agravios y discursos de unidad. La mayoría del grupo vinculado al Yunque en el Congreso decidió mover la coordinación y nombrar a Celia Bonaga. A Mario Riestra, presidente estatal del partido, apenas le corrieron la cortesía de avisarle. Casi un gesto de urbanidad política: “Presidente, para su conocimiento, ya decidimos sin usted”.

Y uno no puede dejar de apreciar la delicadeza. No lo consultaron, pero le informaron. No lo tomaron en cuenta, pero tampoco fueron groseros. No respetaron la ruta estatutaria, pero conservaron las formas mínimas del recado. En el PAN poblano eso ya cuenta como institucionalidad avanzada.

El asunto no es menor porque exhibe la contradicción central de Acción Nacional en Puebla. Hacia afuera se presentan como guardianes de la ley, defensores de las instituciones, custodios de la democracia y sacerdotes del orden republicano. Hacia adentro, cada grupo interpreta las reglas según el tamaño de su facción, el número de diputados que controle o la urgencia de cobrarse una factura.

Cuando la dirigencia tiene fuerza, se invoca el estatuto. Cuando la bancada tiene mayoría, se invoca la ley del Congreso. Cuando ninguna de las dos cosas conviene, se invoca la “realidad política”, esa categoría tan elegante que sirve para justificar cualquier atropello con cara de madurez.

Así ocurrió con Jorge Aguilar Chedraui. Así ocurrió con Rafael Micalco. Y así vuelve a ocurrir ahora con Celia Bonaga.

Lo único que cambia es quién se indigna y quién aplaude.

Porque esa es otra joya del panismo poblano: la congruencia depende del lugar donde esté sentado cada grupo. Si están en la dirigencia, defienden la facultad del presidente del partido. Si están en la bancada, defienden la autonomía de los diputados. Si están fuera de ambas, defienden la democracia interna, la ética pública y la refundación moral del PAN, hasta que les vuelve a tocar algo.

La coordinación parlamentaria, en teoría, debería ser una posición estratégica para articular la agenda legislativa del partido, ordenar votos, negociar con otras fuerzas y representar una postura institucional. En la práctica poblana, se ha convertido en otra pieza del ajedrez interno, otro botín de facción, otra silla desde la cual los grupos se miden, se bloquean y se mandan mensajes.

Por eso el relevo no puede leerse sólo como un movimiento administrativo. Es un mensaje político directo. El Yunque le recordó a Mario Riestra que una cosa es dirigir el partido y otra controlar a quienes tienen votos en el Congreso. Le dijo, sin decirlo, que la presidencia estatal alcanza para las entrevistas, los comunicados y las giras, pero no necesariamente para imponer disciplina donde la mayoría ya decidió jugar su propio juego.

Y Mario Riestra recibió la cortesía completa: enterarse después.

El problema de fondo no es Celia Bonaga. Tampoco lo fue Jorge Aguilar Chedraui. Tampoco Rafael Micalco. Ni Pablo Montiel. Ni Osvaldo Jiménez. El problema es que el PAN poblano lleva años confundiendo vida institucional con forcejeo de grupos. Cada coordinación legislativa termina convertida en una prueba de poder. Cada dirigencia estatal acaba midiendo si realmente manda o sólo firma documentos. Cada bancada decide si obedece al partido o si usa al partido como membrete electoral.

Después, claro, vendrán los discursos de unidad. Dirán que no hay ruptura. Que hay diálogo. Que todo se hizo conforme a la ley. Que el PAN está fuerte. Que las diferencias enriquecen. Que la pluralidad interna es parte de la democracia. Que están concentrados en los problemas de Puebla.

Lo de siempre.

Pero debajo de esa escenografía queda la misma pregunta incómoda: si no cumplen las reglas de su propia casa, ¿con qué autoridad van a exigir que se cumplan las reglas afuera?

Porque esta es la bancada del PAN que exige que se cumplan reglamentos, normas, procedimientos y acuerdos. La que se envuelve en la legalidad cada vez que sube a tribuna. La que reclama respeto institucional cuando le toca señalar al adversario. Pero cuando se trata de cumplir las propias reglas de su casa, entonces la solemnidad se vuelve cálculo, el estatuto se vuelve estorbo y la congruencia pide permiso para ausentarse.

Qué razón tenía aquel panista de cepa, don Manuel Clouthier, el Maquío, cuando decía que los dioses siempre quieren hacer su voluntad en los bueyes de sus compadres, nunca en los propios.

En el PAN poblano no hay sorpresa. Hay costumbre.

Y la costumbre se llama así: plática poblano, mientras yo te gano.

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