Nacho Juárez
La solicitud de la presidenta nacional de Morena, Ariadna Montiel Reyes, para que la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia investigue y eventualmente sancione con el retiro de sus derechos partidistas a las diputadas poblanas Nayeli Salvatori Bojalidad y Graciela Palomares Ramírez por sus expresiones discriminatorias contra las personas adultas mayores, no debería leerse únicamente como una reacción frente a un escándalo digital.
Es, en realidad, una admisión implícita de que el partido enfrenta una crisis más profunda: Morena ya necesita sancionar a sus propios representantes para defender los principios que antes sus militantes asumían como propios.
El caso del “olor a baúl viejo” no es el problema, es el síntoma.
Durante años, Morena construyó una superioridad moral frente a sus adversarios. No era solamente un partido político, era un movimiento que prometía desterrar los vicios del viejo régimen.
La corrupción, el influyentismo, el derroche, el amiguismo, la frivolidad y la utilización del poder para fines personales serían sustituidos por una nueva ética pública resumida en tres principios: no mentir, no robar y no traicionar al pueblo.
Esa narrativa no solo le dio triunfos electorales. Le dio legitimidad.
Hoy, esa legitimidad comienza a erosionarse desde adentro.
Y Puebla se convirtió, gracias al escándalo de dos legisladoras locales, en la caja de resonancia del país de una pregunta que nadie ha querido responder: ¿cómo llegó Morena al punto en que algunos de sus representantes parecen encarnar exactamente aquello que prometieron erradicar?
La crisis comenzó mucho antes de un podcast plagado de discriminación hacia el sector que es un pilar de Morena.
Una de las causas estaría cuando los escándalos dejaron de ser excepcionales para convertirse en una constante.
A nivel nacional, arrancó con casos corrupción al amparo del poder que nadie quiso perseguir y sancionar; con gobernadores, alcaldes y legisladores acusados de presuntos vínculos con el crimen organizado; los viajes de lujo de dirigentes y legisladores; vástagos y fundadores de Morena presumiendo riquezas inexplicables; vacaciones en hoteles exclusivos; las imágenes de restaurantes y relojes de alta gama; el nepotismo; los señalamientos sobre la incorporación de políticos provenientes del PRI, PAN y otros partidos sin filtros ideológicos.
Poco a poco esos casos alimentaron un discurso opositor que Morena había logrado neutralizar durante años.
Si bien ninguno de esos casos, por sí solo, define al movimiento, todos juntos, sí comienzan a modificar la percepción pública, ya que el problema no es únicamente jurídico sino político.
Y cuando un partido llega al poder prometiendo ser moralmente distinto, la exigencia sobre sus propios cuadros es inevitablemente mayor.
Puebla no pudo separarse de esa praxis.
Nayeli Salvatori, por ejemplo, contribuyó desde un inicio al nunca separar la frivolidad del “influencer” y “cómica” con su investidura constitucional. También fuimos testigos de la aparición de “La Güera del Bienestar” y una serie de funcionarias que abrieron un debate sobre la utilización del aparato de gobierno para alimentar la imagen personal, la banalidad y el exceso.
Después vinieron las controversias por funcionarios exhibiendo estilos de vida incompatibles con el discurso de la austeridad republicana; representantes populares más preocupados por su posicionamiento en TikTok o Instagram que en cumplir sus labores; disputas internas por promociones electorales anticipadas a cargo del erario o usando los cargos públicos.
Y, paralelamente, aparecieron signos más preocupantes como alcaldes y funcionarios presuntamente vinculados con el crimen organizado o grupos delictivos.
Tanto a nivel nacional como en el ámbito local cada escándalo fue afrontado desde una sola narrativa: eran casos aislados.
El problema es que cuando los casos aislados comienzan a repetirse con demasiada frecuencia dejan de ser excepciones y se convierten en un patrón.
Es ahí donde las preguntas saltan a borbotones: ¿Por qué personajes sin trayectoria en la izquierda terminan ocupando espacios estratégicos?
¿Por qué las candidaturas parecen responder cada vez más a niveles de popularidad, capacidad electoral o influencia mediática que a una verdadera formación política?
¿Por qué el partido que criticó durante años el pragmatismo del viejo régimen terminó adoptando muchos de sus mecanismos de selección?
Las respuestas explican buena parte de la crisis actual y convergen en un punto: Morena dejó de ser un movimiento de cuadros para convertirse en un partido electoral de enorme amplitud y en esa expansión comenzó a incorporar perfiles que difícilmente representan los valores que le dieron origen.
El movimiento que nació para combatir a la clase política tradicional terminó absorbiendo a buena parte de ella: expriistas, expanistas, experredistas, verdes, exoperadores electorales de prácticamente todas las fuerzas políticas.
Muchos llegaron sin compartir la historia del movimiento. Muchísimos más porque entendieron dónde estaba el poder. Y cuando un partido abre indiscriminadamente sus puertas, inevitablemente también abre la posibilidad de importar los mismos vicios que juró combatir.
La crisis se ahondó tras lo escándalos en que se vieron involucrados personajes identificados como fundadores de Morena.
Tan malo el pinto como el colorado.
El problema es que ambos espectros aventaron todo el costo político al partido como la Cuarta Transformación y todo lo que representan.
Por eso, la presidenta nacional de Morena entendió que el caso Salvatori-Palomares no podía minimizarse y pidió una sanción ejemplar.
Pero sería un error pensar que eso resolverá el problema, ya que la crisis no nació en un podcast sino cuando Morena empezó a confundir crecimiento electoral con fortaleza ideológica, cuando decidieron no sancionar casos de corrupción; cuando optaron por la narrativa de los “casos aislados” en lugar de procedimientos sancionatorios.
Dicho con otras palabras:
Cuando la disciplina interna fue sustituida por la conveniencia política.
Cuando los principios dejaron de ser requisito indispensable para acceder a una candidatura.
Cuando las redes sociales comenzaron a importar más que la formación política.
O cuando la popularidad desplazó a la congruencia.
Puebla, con el escándalo de dos legisladoras, se convirtió en el laboratorio de una advertencia nacional.
Quizá lo ocurrido termine siendo más importante de lo que hoy parece. No por dos diputadas, ni por lo que dijeron y mucho menos por un podcast, sino porque evidenció públicamente una pregunta que millones de simpatizantes de Morena comienzan a hacerse en silencio: ¿Sigue siendo Morena el partido que prometió transformar la política mexicana o comienza a parecerse demasiado a aquellos partidos que durante décadas criticó?
La respuesta no dependerá de una sanción contra dos legisladoras.
Dependerá de si Morena, tanto nacional como estatal, está dispuesto a revisar quiénes lo representan, bajo qué criterios llegan al poder y hasta dónde piensa tolerar los excesos, las frivolidades, las contradicciones con la austeridad, los señalamientos de corrupción y la incorporación de personajes cuya principal virtud parece ser ganar elecciones, aunque sus principios poco tengan que ver con los de la Cuarta Transformación.
Morena muy rápido en su historia como partido político se halló en la encrucijada de perder credibilidad no por culpa de la oposición sino por las acciones de sus propios representantes.
Eso no es un problema de comunicación política, es una crisis de identidad.
Y hoy, esa crisis tiene en Puebla uno de sus rostros más visibles.
El riesgo está no en que la ciudadanía deje de creer en la Cuarta Transformación, sino que empiece a pensar que algunos de quienes la representan ya se transformaron… en aquello que prometieron combatir.















