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El PAN municipal al servicio de Susana Riestra (y Ana Tere, el regreso de los muertos vivientes)

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Nacho Juárez

Pues con la novedad que en el Comité Directivo Municipal del PAN en la capital poblana decidieron salir del clóset y, literalmente, tomaron la decisión de poner al servicio de la diputada local plurinominal Susana Riestra Piña toda la estructura como una medida para impulsar sus aspiraciones como candidata del blanquiazul a presidenta municipal en 2027.

De lo contrario no se puede entender por qué la dirigente municipal, Gabriela Ruiz Benítez, decidió convertir un festejo para mujeres panistas con motivo del 10 de mayo, en un acto para que se luciera la legisladora.

Las evidencias -muy burdas, por cierto- se encuentran desde la invitación que se hizo circular entre la militancia:

“(El) Comité Municipal Puebla te invita al encuentro entre amigas panistas para celebrar el Día de las Madres. Contaremos con la presencia Susana Riestra, diputada local, con el conversatorio: ‘Ser mujer, mamá y profesionista… sin culpa’. Sábado 10 de mayo, 9:30 horas, Salón Fountain Blue, avenida 3 Sur 12017, Puebla. Mujeres en plenitud”.

Obviamente, cuando se conoció la invitación más de uno en el panismo local alzó la ceja en modo de reprobación por la burda manipulación del Comité Directivo Municipal de un evento oficial a favor de una persona, en este caso, integrante de la familia Riestra Piña.

Lo peor siguió un día después del encuentro. En sus redes oficiales, la dirigencia municipal llevó un paso más la promoción de la legisladora local:

“Vivimos un gran festejo del Día de las Madres junto a nuestras panistas del sur de la ciudad Celebramos a mujeres increíbles, fuertes y comprometidas, que todos los días dan lo mejor de sí por sus familias y por nuestra sociedad. Gracias a nuestra Diputada Susana Riestra Piña por la gran plática y compartir con nosotros una tarde llena de alegría, cariño y momentos muy especiales. En el CDM reconocemos y admiramos el gran corazón y la entrega de cada una de ustedes. ¡Próximamente nos vemos en uno más!”.

El posteo fue acompañado de imágenes donde aparece la legisladora arropada por Gabriela Ruiz, por el perdedor Manuel Herrera, así como por otros integrantes del Comité. También se le ve a Susana Riestra dejándose querer por asistentes al encuentro y, para taparle el ojo al macho, también se agregaron fotos por separado de los miembros de la dirigencia. (No vaya a ser que se pensara que había dados cargados).

¿La dirigencia municipal puede invitar a quien quiera a un encuentro con la militancia y ponerla como la atracción del evento? Sí, por supuesto, aunque la gran pregunta es si en el ánimo de ofrecer piso parejo a todos los aspirantes del PAN a la presidencia municipal también extenderán ese beneficio a Ana Teresa Aranda, Eduardo Rivera Pérez, Liliana Ortiz Pérez, Blanca Alcalá Ruiz, Genoveva Huerta o lo dejarán solo para usufructo del clan Riestra.

(PD: Para que no anden diciendo que lo escrito anteriormente es falso, le dejo dos pruebas)

El regreso de los muertos vivientes

Hay reuniones que se explican solas. No hace falta un gran análisis político. Basta ver la foto, los rostros, el jardín, la frase escogida con cuidado y el tono de falsa familiaridad para entender que no estamos frente a una nueva etapa, sino frente a una vieja ceremonia de reaparición.

Ana Teresa Aranda publicó su reunión con una frase de manual doméstico: “Mi casa es su casa”. Suena cálido. Suena amable. Suena a café servido, pan dulce y conversación de sobremesa. Pero en la política poblana, cuando alguien dice “mi casa es su casa”, conviene revisar dos cosas: quiénes están sentados en la mesa y si la mesa está realmente dentro de la casa.

Porque esa reunión no huele a futuro. Huele a naftalina. Huele a clóset cerrado. Huele a expediente viejo, a parroquia política, a grupo que se reúne para convencerse de que todavía puede mandar, aunque ya no entienda las circunstancia que viven el país y la ciudad, muchos menos lo que dictan las encuestas.

El Yunque ya entendió algo: su ruta no prendió. Liliana Ortiz no cuajó como proyecto. No subió en las encuestas, no logró instalarse como alternativa natural y carga una sombra incómoda: las observaciones y cuestionamientos al gobierno de Eduardoi Rivera Pérez, y del velador más caro de la ciudad, Adán Domínguez Sánchez.

Cuando las cuentas públicas empiezan a pesar, los discursos de moralidad se vuelven más difíciles de sostener.

Y como el Yunque no sabe formar cuadros nuevos —igual que su partido—, hace lo único que sabe hacer: desempolvar figuras que suenan más al regreso de los muertos vivientes -obviamente ni por asomo les pasa que están muertos-.

La cofradía tiene como ADN su resistencia a construir nuevos liderazgos y mejor opta por algo seguro: el reciclamiento de estampitas. No abre camino, busca atajos. No escucha a la sociedad, se escucha a sí mismo. No forma ciudadanía, administra obediencias. Cuando una carta no prende, saca otra del cajón. Cuando esa tampoco emociona, organizan una reunión en un jardín y le llaman “proyecto”.

Es ahí donde se encuentra la reaparición de Ana Tere. No como renovación, sino como recurso de emergencia. No como futuro, sino como reliquia funcional. La vieja carta que se saca cuando las nuevas no sirven. Porque para ciertos grupos, la política nunca ha sido construir algo distinto; ha sido conservar algún espacio, negociar alguna posición, mantener alguna canonjía, cuidar alguna relación, proteger alguna vieja red de contratistas y seguir respirando presupuesto, aunque sea por una rendija.

Ahí están, entonces, los paladines de la propiedad privada. Los mismos que se envuelven en discursos de libertad, orden, familia y respeto a lo ajeno. Los mismos que se indignan si alguien toca un centímetro de su patrimonio. Los mismos que hablan de legalidad con voz de catecismo y de propiedad privada como si fuera mandamiento revelado.

Pero qué curioso: tan celosos de lo privado y tan distraídos con lo público.

Porque si la reunión se realizó en una zona colindante con el río Zapatero, y si existen dudas razonables sobre la delimitación del predio, entonces la pregunta cae sola: ¿la reunión fue en su casa o en una ribera federal convertida en jardín político? ¿Era propiedad privada o propiedad de la Nación domesticada con pasto, barda y silencio administrativo?

Ahí está el detalle.

Defienden la propiedad privada como buenos activistas de derecha, pero parecen olvidar que también existe la propiedad de la Nación. Y esa no es de ellos, ni de sus invitados, ni de sus viejos operadores, ni de sus contratistas, ni de sus abogados, ni de sus nostalgias. Esa es de todos los mexicanos. También de los poblanos que no fueron invitados al café.

En Puebla ya conocemos esa vieja elegancia inmobiliaria de algunos políticos: compran una casa, descubren que atrás pasa un río, levantan una bardita, siembran pasto, ponen unas mesas, colocan flores, invitan amigos y, con los años, lo federal empieza a parecer familiar. Nadie pregunta. Nadie mide. Nadie delimita. Y de pronto, por arte de magia, la ribera se vuelve jardín, el jardín se vuelve casa y la casa se vuelve centro de operaciones políticas.

Sería sano que la Comisión Nacional del Agua (Conagua) se diera una vuelta por la zona del río Zapatero. No sólo por Ana Teresa. Por todos. Porque en esas colonias hay más de un personaje distinguido que ha tratado las zonas federales como si fueran ampliación natural de su escritura. A lo mejor una delimitación formal nos ayudaría a saber dónde termina el patrimonio privado y dónde empieza lo que algunos confundieron con herencia de familia.

La frase, entonces, adquiere otro sabor: “mi casa es su casa”. Pero primero habría que saber qué parte es casa, qué parte es jardín y qué parte podría ser Nación. Porque una cosa es abrir las puertas del hogar y otra muy distinta es invitar a la vieja guardia a brindar sobre lo que quizá nunca debió privatizarse de hecho.

De fondo, la reunión retrata al viejo PAN poblano en su versión más honesta: incapaz de formar cuadros, incapaz de renovar su lenguaje, incapaz de conectar con una ciudad que ya no se emociona con sus sermones. Cuando no tiene liderazgos, rescata apellidos. Cuando no tiene proyecto, convoca nostalgias. Cuando no tiene números, organiza sobremesas. Cuando no puede explicar sus cuentas, habla de valores. Cuando no puede ganar futuro, administra pasado.

Y el Yunque, fiel a sí mismo, tampoco cambia. Se reorganiza, se disfraza, cambia de vocera, cambia de jardín, cambia de foto, pero no cambia. Sigue pensando que la política es una mesa chica, que la ciudadanía es utilería, que los cuadros se heredan, que las candidaturas se negocian y que el poder sirve para intercambiar favores.

Por eso esta reunión no parece el nacimiento de una alternativa. Parece una junta de condóminos de la nostalgia. Un club de sobrevivientes tratando de recordar dónde dejaron las llaves del viejo régimen. Una tertulia de quienes ya no prenden en la calle, pero todavía creen que pueden prender incienso en el salón.

La oposición tiene derecho a reunirse. Tiene derecho a organizarse. Tiene derecho a buscar perfiles. Lo que no tiene derecho es a vender como renovación lo que parece reciclaje, ni a predicar respeto a la propiedad privada mientras existen dudas sobre el uso de espacios que podrían ser de la Nación.

Porque no es lo mismo defender la propiedad que apropiarse del silencio.

No es lo mismo construir cuadros que desenterrar reliquias.

No es lo mismo abrir la casa que abrir la ribera.

Y no es lo mismo hacer oposición que reunir a la vieja guardia para ver quién les vuelve a servir la mesa.

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