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La indignación selectiva

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Por el Cuervo Blanco

El Cuervo Blanco se posó sobre una de las cornisas de la vieja casona donde el PAN ofrecía su conferencia de prensa.

Abajo, frente a una hilera de micrófonos, los dirigentes hablaban con gravedad republicana. Fruncían el ceño, levantaban el índice, modulaban la voz y exigían investigar las reuniones partidistas celebradas en instalaciones gubernamentales.

Uno golpeaba la mesa.

Otro asentía con solemnidad.

Alguno más buscaba el mejor ángulo de la cámara para que la indignación quedara perfectamente encuadrada.

El Cuervo Blanco inclinó la cabeza hacia un lado.

Luego hacia el otro.

Después abrió apenas las alas, como quien intenta conservar el equilibrio ante un espectáculo inesperado.

No era burla.

Era memoria.

Porque los cuervos, a diferencia de algunos hombres, rara vez olvidan los caminos que han sobrevolado.

Mientras escuchaba los reclamos, dejó que el viento lo llevara varios años atrás. Voló sobre el Cerro de Loreto y descendió, como tantas veces, hacia los jardines de Casa Puebla.

Recordó las camionetas que llegaban.

Las puertas laterales que se abrían.

Los alcaldes, diputados, dirigentes y operadores partidistas que descendían, se acomodaban el saco y cruzaban la residencia oficial con la naturalidad de quien entra a su propia casa.

Solo faltaba colocar el logotipo del partido sobre la fachada para disipar cualquier duda.

El Cuervo había visto aquellas reuniones desde los árboles cercanos. Había contemplado cómo las instalaciones destinadas al gobierno de todos parecían convertirse, por algunas horas, en sala de juntas de unos cuantos.

Y entonces recordó una noche de diciembre.

La residencia estaba iluminada.

Había música.

Había risas.

Se escuchaba el tintinear de las copas, el aroma del ponche mezclado con otros licores llegaba hasta los jardines y los villancicos competían con las conversaciones políticas.

En un rincón esperaban la piñata.

En otro, los abrazos, las felicitaciones y los brindis.

“En el nombre del cielo…”

Cantaban la posada.

Y el Cuervo, desde una rama, no lograba distinguir si asistía a una celebración institucional o a una entrañable reunión… de la familia partidista.

Los palos golpeaban la piñata.

Las carcajadas llenaban la noche.

Las copas seguían levantándose.

Y la residencia oficial parecía recibir con hospitalidad navideña a quienes nunca tuvieron necesidad de pedir posada.

El Cuervo volvió a la vieja casona.

Abajo, las voces seguían elevándose.

—¡Hay que investigar! —decían.

—¡No se pueden utilizar instalaciones públicas para reuniones partidistas! —repetían.

El viejo vigilante reconoció algunos rostros.

Le parecieron familiares.

Quizá porque los había visto cruzar aquellas mismas puertas años atrás.

Quizá porque la memoria tiene la mala costumbre de conservar escenas que la política intenta archivar.

El poder, pensó el Cuervo, produce un extraño efecto sobre la memoria: recuerda con admirable precisión los pecados ajenos y borra cuidadosamente los propios.

La hemeroteca, en cambio, tiene una pésima educación.

Interrumpe discursos.

Abre fotografías viejas.

Recupera fechas.

Y jamás pregunta si es un buen momento para recordar.

El Cuervo Blanco siguió observando.

No pretendía absolver a nadie.

Tampoco condenar.

Los hombres discuten quién tiene la razón.

Los cuervos prefieren recordar quién estuvo dónde.

Porque las contradicciones hablan por sí solas.

Y pocas cosas envejecen tan mal como la indignación selectiva.

Hay conciencias que funcionan como los limpiaparabrisas: dejan impecable el cristal con el que observan a los demás, mientras el suyo permanece cubierto de polvo.

La memoria política también suele ser caprichosa: guarda las culpas propias en el sótano y exhibe las ajenas en la sala.

Entonces el Cuervo recordó aquella vieja enseñanza que alguna vez escuchó desde el campanario de una iglesia.

¿Por qué miras la paja en el ojo ajeno y no reparas en la viga que llevas en el propio?

Después miró las manos de quienes señalaban con el dedo.

Sonrió para sí —si es que los cuervos saben sonreír— al advertir que los otros tres dedos apuntaban silenciosamente hacia quien acusaba.

Extendió las alas.

Sabía que el tiempo cambiaría gobiernos, colores, discursos y protagonistas.

Pero también sabía que hay algo que rara vez cambia: la condición humana de escandalizarse por el reflejo del espejo mientras se evita mirar el propio rostro.

Y mientras desaparecía sobre los tejados de Puebla, dejó suspendida una última certeza:

la hemeroteca nunca vota, nunca milita… y, sobre todo, nunca olvida.

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