Nacho Juárez
Vaya tomadura de pelo la que Eduardo Rivera Pérez pretende realizar al venderse como la opción más competitiva del PAN para la presidencia municipal.
¡Por favor!
Si la discusión pretende realmente tener seriedad, debemos partir de varios hechos: 1) Sería estúpido creer que con la exposición que ha tenido como alcalde y candidato a la gubernatura no sea el panista mejor ubicado en las encuestas; 2) que la Auditoría Superior del Estado halló un desfalco por más de mil 700 millones de pesos a su paso por el Ayuntamiento de Puebla; 3) Que la praxis política del panista tiene un eje toral: ser un timorato;
Vayamos por partes.
En los últimos cinco años, Eduardo Rivera tuvo la oportunidad de construir un liderazgo que lo catapultara no solo como el mandamás del panismo poblano sino como la figura emblemática de la oposición.
Por el contrario, una vez que arribó al Palacio Municipal sacó a relucir su verdadera estatura como político: sectario, vengativo, acostumbrado a rodearse de pusilánimes o empleados cortos de inteligencia; y una exagerada miopía como gobernante.
Eso lo llevó, por una parte, a destruir a su partido, en el que impuso a una dirigencia estatal que solita se hizo trizas y contaminó todo lo que tocaba; y sembró, a la par, una profunda división y desconfianza en la base militante.
En el caso del gobierno municipal, los resultados están ahí: demostró que la ciudad sí podía tener un gobierno más corrupto e ineficiente que el de Luis Paredes Moctezuma.
La exposición y las carretadas millonarias de dinero que distribuyó -a costa del erario- para potenciar su imagen, obviamente, lo posicionaron como la mejor opción del PAN a la gubernatura en 2024, pero la realidad demostró que eso no significaba forzosamente que fuera competitivo en una elección abierta.
Conclusión: Alejandro Armenta le propinó a Eduardo Rivera y al PAN la peor derrota electoral que haya sufrido desde finales de la década de los 70.
Ese es el verdadero tamaño político-electoral del yunquista.
Con la cola entre las piernas y una derrota que debió haberlo hecho reflexionar sobre su necesario retiro de la política, Rivera Pérez todavía se afanó en retener la dirigencia estatal del PAN e incluso hasta analizó la posibilidad de convertirse en su presidente.
Cinismo puro.
La realidad nuevamente le dio una bofetada: su grupo y los extraviados que lo apoyaron fueron echados a patadas por los propios militantes que exigieron nuevos aires y la necesaria refundación del partido.
(Ojo: que Mario Riestra, a pesar de ganar la elección interna, se haya quedado muy pequeño para cumplir con la demanda del panismo es otra historia que pronto abordaremos)

Eduardo Rivera en la actualidad ocupa la oficina de asuntos sin importancia en el Comité Ejecutivo Nacional del PAN y su voz pesa lo mismo que el zumbido del moscardón.
Sabedor que todo le exigía un retiro político, decidió crear otra vía para sostenerse: impulsar las aspiraciones de la diputada federal plurinominal Liliana Ortiz Pérez.
El problema es que su apuesta nunca creció al interior del PAN ni logró generar el entusiasmo suficiente entre la ciudadanía para que fuera arropada como el perfil natural para enfrentar a Morena en una elección constitucional.
Y ahí, sin duda, el propio Rivera Pérez tuvo la culpa, ya que su pestilencia política terminó por contaminar a Liliana Ortiz.
Sin fichas con las que competir, ahora Eduardo Rivera alza una vez la mano, pero lo hace igual que siempre: siendo un timorato.
Si usted le pregunta si quiere ser candidato, le dirá que no, pero no dejará de bombardearlo con videos en redes sociales, en los que aparece haciendo payasada y media que termina por mandar mensajes como “quiero seguir viviendo del erario”, “me urge regresar al presupuesto”, “no me dejen morir, amigos”.
Su postura resulta a tal grado patética que se aventó la puntada de ir en contra públicamente de la principal política definida desde el CEN del PAN: abrir la puerta a los ciudadanos para convertirlos en candidatos en la elección de 2027.
La lógica de Eduardo Rivera es sencilla: ¿Para qué se necesitan a los ciudadanos si eso significa que lo dejen sin hueso?
¿Puede el exedil ser el candidato del PAN a la presidencia municipal? Sí, porque la ley da el derecho a todo ciudadano mexicano a ser votado.
Pero antes, el yunquista deberá saltar varias aduanas. La primera y más importante será hacer frente al cochinero que dejó en sus cuentas públicas, las cuales suman un daño patrimonial superior a los mil 700 millones de pesos.
Es realmente sorprendente que Rivera Pérez tenga la desfachatez de pensar en repetir por tercera vez en un cargo en el que siempre dejó un olor nauseabundo a corrupción. ¿Acaso cree que ya se nos olvidó que estuvo a punto de ir a cárcel porque Rafael Moreno Valle le encontró cuanta porquería se pudiera imaginar?
A diferencia de 2018, cuando el panista tuvo que doblar la cerviz ante el morenovallismo -que le perdonó sus pillerías a cambio de respaldar las aspiraciones de Martha Erika Alonso y convertirse en candidato a la alcaldía-, ahora no existe el menor interés por verlo como opción a nada.
Rivera Pérez está solo y deberá enfrentar las consecuencias de los excesos y raterías cometidas en su administración. No hay nadie en el epicentro del poder en Morena que le vea alguna valía política. Vaya, ni sus patéticos leales en el Congreso del estado sirve para una cosa.
Otra aduana que tendrá que saltar será su némesis: Mario Riestra Piña, quien desde la dirigencia estatal del PAN pretende cerrarle las puertas.
En esta guerra a lo mejor Eduardo Rivera podría salir bien librado por una sola cosa: que el líder estatal ande temeroso de que un político tan pequeño como el yunquista pueda salirse con la suya es muestra su verdadero nivel como dirigente.
Quien sencillamente no le permitirá al exedil salirse con la suya es la base militante, la misma a la que despreció, maltrató y engañó. Ahí no le han perdonado los agravios que él y sus ineptos achichincles regaron por todo el estado.
Así pues, cada vez que escuche o lea que Eduardo Rivera es la opción más competitiva del PAN ríase a gusto a sabiendas que una gran estupidez.

















