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Y si un día, un pelado patea un balón

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Nacho Juarez

El futbol nunca ha sido un tema de cronistas.
Tampoco de la gente de pantalón largo.
O de “sesudos” intelectuales que se acuerdan del deporte de las patadas cuando quieren pertenecer a la masa, sentirse cool o desdoblar sus traumas de no ser buenos jugadores.
El futbol no pertenece a las letras por más bellas que estas sean para describirlo.
Mucho menos, obviamente, de aquellos hombres de letras que ven en la cancha a 22 boludos (23 con el árbitro) corriendo detrás de un balón. (Perdón, Borges pero te odio).
El futbol nunca ha pertenecido a quienes crearon las propias reglas del deporte más sencillo que se pueda jugar.
Menos a quienes dictan para donde debe ir el mercado o la economía.
Nunca ha pertenecido a las marcas ni las trasnacionales.
No pertenece a la televisión ni a los multimillonarios contratos.
Tampoco está en la censura de quien cree que es el espectáculo de la podredumbre. (Vargas Llosa también te detesto).
El futbol es más simple.
Por eso solo le puede pertenecer a una sola entidad: a la raza.
Para sentirlo no necesitas saber de sus reglas sino tener esperanza.
Su belleza radica en la belleza de lo simple.
En lo sencillo.
Y lo más inmediato.
Es como el pan.
El futbol pertenece a quien saltó en un rapto de locura de la grada del estadio o se suicidó en el Maracanazo.
Está ahí donde cada ocho días tienes que levantarte para ir al jale a pesar de que tu equipo perdió.
O en donde llevas años esperando a que caiga la copa, el campeonato, el trofeo de liga, el gane en el barrio o la colonia de la que ni Dios se acuerda.
El fut es, ante todo, esperanza.
Y su belleza no viene de quien la escribe sino quien la siente y la aprisiona.
Está ahí donde el jersey es tu segunda piel por más estúpido que eso sea.
En el hincha que sabe que es el último resquicio donde respirar.
El metro cuadrado que le arrebataste a Dios sin sentido.
Donde se puede respirar pese al desasosiego de la derrota.
La belleza del fut no está en la derrota.
Todos los días ganamos y perdemos en cada decisión.
Todos lo sabemos.
Nadie se espanta ni lo idealiza.
Somos la derrota exquisita y dolorosa.
Pero también la esperanza.
Pertenece a quienes vemos como dioses: Pelé (antes que todos), Maradona, Garrincha, la Naranja mecánica, el juego bonito.
Le pertenece a aquel que sabe que en una circunferencia entre 68 y 71 centímetros se puede tener esperanza.
En tu cuate el goleador.
El perro defensa (también tu cuate el que sabe lidiarse chido a madrazos).
En el DT de un equipo profesional del que depende el ánimo de una ciudad, un estado, un país.
En aquellos que saben que el fut es más que un balón o más de una veintena de pelados que saben hacer muy bien una sola cosa: jugar con los pies.
Por eso todos se rinden y cuando no lo hacen, en su desprecio, también se rinden.
Somos solo pies y 71 centímetros recordándonos que somos esperanza de todo y nada.

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