Ignacio Juárez Galindo
Tal y como se lo adelanté hace una semana, Néstor Camarillo Medina no solo renunció este lunes al PRI, sino que se convirtió, gracias a un acuerdo nacional impulsado directamente desde la cúpula del Comité Ejecutivo Nacional del tricolor, en la carta del partido Movimiento Ciudadano con miras a la renovación de la gubernatura de Puebla en 2030.
Este movimiento forma parte de una desbandada más amplia de cuadros priistas hacia MC con la única finalidad extender la influencia de Alejandro Moreno Cárdenas, alias Alito, en la oposición ante la inminente defenestración que sufrirá al frente del tricolor tras el caudal de corruptelas que la 4T no está dispuesto a perdonarle.
El impresentable exgobernador de Campeche sabe que difícilmente mantendrá el control del expartidazo ante la embestida, de ahí que su mejor opción era sembrar a sus aliados en otras esferas de la oposición.
Y es ahí donde entra Movimiento Ciudadano, cuya realidad política se divide en dos grupos internos peleados a muerte.
Por un lado, se encuentran los fosfo fosfo, corriente encabezada por el gobernador de Nuevo León, Samuel García; y, por el otro lado, están los viejos sectores duros del partido naranja como Clemente Castañeda, Alejandra Barrales, Salomón Chertorivski e Ivonne Ortega Pacheco.
En los hechos, el grupo de los duros sabe que si Samuel García y sus aliados -a la que pertenece el actual dirigente nacional, Jorge Álvarez Máynez, o el alcalde Luis Donaldo Colosio- se apoderan del partido tendrán muy poco margen de maniobra e incluso corren el riesgo de ser retirados voluntariamente a fuerza de la política.
Los duros padecen una encrucijada letal tras el retiro no solo de Dante Delgado Rannauro por motivos de salud, sino de otros jugadores que daban equilibrio al interior del partido como es el caso del exgobernador de Jalisco, Enrique Alfaro Ramírez. Eso fue lo que prácticamente los llevó a tender lazos con el dirigente nacional del PRI
Se trata de una alianza netamente pragmática en el que ambos ganan. Los priistas más cercanos a Alito mantienen su vida política y los duros naranjas logran equilibrar los contrapesos al interior de su partido.
La mejor evidencia se encuentra en Puebla.
Néstor Camarillo y Moreno Cárdenas, por ejemplo, son los responsables de llevar a su partido al borde de la extinción. Los resultados ahí están.
Al tufo de corrupción que impusieron (presunta venta de candidaturas, registro hechizo de candidatos y sectarismo), se sumó la alianza con el ala más execrable del panismo poblano, representada por el exalcalde de Puebla Eduardo Rivera Pérez, un político incapaz de generar cualquier tipo de competitividad electoral u opción de construir una oposición sostenible a largo plazo.
La alianza con el Yunque burocrático y la corrupción de este par de priista derivó en la fractura interna. La más grave fue provocada por la traición de Néstor Camarillo a Jorge Estefan Chidiac, el político más experimentado de ese partido.
El resultado quedó a todas luces visto. Sin el respaldo del otrora priista, el PRI se quedó en los huesos, incapaz si quiera de completar en muchos municipios las planillas de candidatos para los Ayuntamientos en la elección 2024, una situación inédita en la historia del expartidazo.
El agandalle de la candidatura a la Senaduría plurinominal del PRI —una grosería y traición a Jorge Estefan— fue tramado directamente por Néstor y Alito Moreno, con la venía de Eduardo Rivera, lo que provocó una masiva de priistas que encontraron en el Partido Verde el mejor lugar no solo para humillar a la patética dirigencia estatal del exedil de Quecholac y dejar solo al panista yunquista sino también para respaldar el proyecto de Alejandro Armenta Mier.
Con la salida de Néstor Camarillo, en el PRI quedarán solo dos grupos visibles: El encabezado por dos familias de caciques: la de Delfina Pozos Vergara y los Rivera Nava. Ambos, por cierto, incapaces de dar vida al cadáver que les queda como partido, de ahí que la única opción viable es utilizar el membrete para ser la oposición más dócil y/o convertirse en los golpeadores de los adversarios de la 4T.
En Movimiento Ciudadano las cosas están igual o peores. De entrada, la actual dirigente Fedrha Suriano Corrales ni siquiera estaba enterada del pacto nacional en su partido para incorporar a Néstor Camarillo, así como tampoco goza de mucha confianza en la cúpula debido a los pésimos resultados que ha entregado en su gestión.
A muchos les cayó de los mil diablos que la dirigencia local en Puebla estuviera involucrada en dos escándalos graves: buscar a un presunto huachicolero de Chignahuapan para que, a cambio de incorporar a sus seguidores en la planilla de regidores, los apoyara en la elección extraordinaria; y la detención de tres integrantes de la familia González Vieyra por presuntos vínculos con el crimen organizado.
Quitando aquellos municipios que las dirigencias estatales de MC en su momento entregaron a familias de caciques, la realidad es que el partido carece de una estructura mínima en la entidad y lo que existe no responden a la dirigencia estatal sino a políticos pueblerinos que se mueven al capricho de sus intereses.
Con este contexto de por medio, Alejandro Moreno y los duros de MC acordaron aliarse para intentar rescatar a un partido sumido en los huesos. La velocidad con que concretaron el pacto prácticamente dejó a la corriente fosfo fosfo sin posibilidad de meter mano o intentar equilibrar el marcador. Los tomó por sorpresa, pues.
Esta es la ruta a seguir. Así como en Puebla, el PRI y los duros de MC trataran de hacerse de todos los estados que sean posibles en el país.
Lo irónico —por no decir, lo realmente cómico— del asunto es que Néstor Camarillo y Alejandro Moreno pretende fortalecer a un partido después de que vienen de destruir a uno con más de 80 años de historia.
Ambos saben jugar con la percepción e inflarán sus acciones. En primer lugar, no le extrañe que varios aliados, amigos o “consentidos” que Néstor Camarillo sembró como regidores también renuncien al PRI y anuncien su adhesión a MC. Lo que no dirán es son tan pocos que hasta parece burla.